Edwin Vanegas Marín

Alejo inventaba muchos cuentos. Unos sobre animales, otros sobre aventuras, pero los más emocionantes eran sobre monstruos. Lo que nadie sabía era que los personajes de los cuentos eran inspirados en la gente del pueblo. Pero un día, empezaron a sospechar que los monstruos eran los señores de la plaza principal y que las cacatúas eran las señoras de la iglesia. No les gustó verse retratados en las historias y empezaron a decir que esos cuentos eran muy malucos.

Alejo la pasó muy mal después de eso. Se paraba en la plaza con la intención de contar un cuento y no llegaban ni las palomas a escucharlo. Ya nadie quería venderle mecato y las señoras no lo llamaban para hacer los mandados. La mamá lo vio muy triste y por eso le dijo que siguiera adelante, que no permitiera que la gente lo detuviera y que buscara inspiración en cosas nuevas. Alejo la escuchó y comenzó otra vez, como un loco, a inventar historias sobre cada cosa que se le atravesaba en el camino.

Mientras él estaba decidido a seguir de cuentero, a la gente del pueblo le entró el aburrimiento. La plaza ya no era la misma sin las historias de Alejo. Fueron a buscarlo, le pidieron que regresara para seguirlos encantando con sus cuentos. Así lo hizo, y cada que se paraba en la plaza, la gente se amontonaba y se reía a carcajadas.

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